Poco antes de conocer a Ferlo me lastimé un dedo del pie. El dedo gordo del pie derecho. Fue una tontería, un objeto que me cayó encima y a pesar del dolor del momento, pasó sin más relevancia. Unos días después descubrí un moretón feo, pero tras comprobar que el dolor había desaparecido y que en realidad no era nada grave, dejé que pasara y que la uña sola creciera y poco a poco el moretón, de un color negro intenso, con el tiempo desapareciera.
En esa misma semana fue que lo conocí. En ese momento me pareció un niño un tanto bobo, agradable sí, pero sin nada que llamara realmente mi atención.
La siguiente vez que nos vimos el moretón de mi pie seguía como si nada, comencé a preocuparme que no se fuera a quitar nunca. Y con él, ay dios, no sé en qué momento le entregué mi corazón, pero después de volvernos a ver supe que definitivamente era él a quien quería.
A partir de entonces empezamos a jugar, a tener una especie de relación. Yo me derretía estando con él, me hacía reír y nos hacíamos compañía. La sonrisa más linda y sincera, los ojos más negros y profundos.
En ese tiempo me acostumbré a ver mi uña con una parte negra, era como tener un lunar o cualquier otra mancha parecida, que si bien no es lo común, forma parte de lo que eres y de cómo te ves.
Los altibajos vinieron en nuestra relación, cualquiera que esta haya sido. Nada muy terrible, ningún pleito ni desacuerdo grande. Sólo algunos periodos en los que nos alejábamos y otros en los que de nuevo nos veíamos y otra vez el mundo parecía volverse a inventar frente a nuestros ojos. Y la uña de mi pie, esa poco a poco fue creciendo y sí, poco a poco llevándose consigo el moretón. Periódicamente cortaba un pedacito de uña al arreglar mis pies, y así lentamente la mancha negra fue haciéndose cada vez más pequeña.
La última vez que nos vimos las cosas se volvieron más intensas, más profundas. Yo reí como nunca, me preocupé por él, nos hicimos cómplices de algo y supe que las cosas estaban tranquilas. Cuando nos despedimos fue con una sonrisa, y con la certeza de que las cosas se estaban volviendo posibles.
La última vez que corté las uñas de mis pies lo hice con calma. Tenía tiempo y lo dediqué a ese cuidado personal que me hacía falta. A la uña del dedo gordo de mi pie derecho le puse especial cuidado, y al terminar, descubrí que prácticamente ya no queda nada de lo que fue ese feo moretón negro. Debo decir que en ese momento mi pie me pareció un poco extraño, pero uno no se preocupa por esas cosas y sigue con su vida, ¿cierto?
Y de él no he sabido nada. Creo que lo que alguna vez tuvimos fue como una mancha, que poco a poco el tiempo se encargó de ir borrando. Pero repito, de las manchas y moretones uno no se preocupa y sigue con su vida, ¿cierto?